Imaginemos un grupo de alumnos alérgicos a la celulosa.
O un grupo de alumnos analfabetos en su propia lengua.
O un lugar de trabajo en el que nos restringen hasta el ridículo el número de fotocopias.
Imaginemos que las circunstancias de trabajo nos obligan a buscar recursos alternativos al papel.
Poco a poco iríamos admitiendo que todo aquello de lo que vamos sirviéndonos resulta
sorprendentemente productivo en el aprendizaje.
No marginemos por tanto a los que no son alérgicos a la celulosa y tratémoslos como si lo fueran.
Saldremos ganando nosotros, los estudiantes y la Selva Amazónica.
O un grupo de alumnos analfabetos en su propia lengua.
O un lugar de trabajo en el que nos restringen hasta el ridículo el número de fotocopias.
Imaginemos que las circunstancias de trabajo nos obligan a buscar recursos alternativos al papel.
Poco a poco iríamos admitiendo que todo aquello de lo que vamos sirviéndonos resulta
sorprendentemente productivo en el aprendizaje.
No marginemos por tanto a los que no son alérgicos a la celulosa y tratémoslos como si lo fueran.
Saldremos ganando nosotros, los estudiantes y la Selva Amazónica.
¿Qué está haciendo...?
No es ni siquiera un actividad, sino una simple conversación de repaso. Llego a clase y le pregunto a una alumna “¿Qué hora es?” y a continuación “¿Tú tienes novio?” “¿Y qué está haciendo tu novio hoy lunes a las seis de la tarde?” Y puedo bromear: “¿Segura?” Y quien dice novio dice mujer o hermano o compañero de piso o padre o hija. La idea es tan simple como hacer presentes a esas personas que para ellos son reales e importantes y de las que van a hablar con mucha más espontaneidad que de los consabidos dibujitos de los vecinos de una casa del 13, rúa del Percebe.
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