Contenidos: Repaso de las formas del pretérito perfecto.
Desarrollo: (Se trata de uno de esos juegos alcohólicos que todos hemos jugado en la adolescencia, pero para hacerlo en clase nos toca sustituir el ingrediente prohibido -una pena, porque no deja de ser un potenciador de la desinhibición- por un bizcocho grande o un montón de caramelos pequeñitos o de otra cosa que se nos ocurra que pueda gustarle a todo el mundo). Si no supera las 10 o 12 personas, puede hacerlo todo el grupo, si no, dividiremos la clase en dos grupos. Por turno, cada persona va diciendo algo que nunca ha hecho: “Nunca he montado en moto”, por ejemplo. Al oírlo, los que tampoco lo han hecho nunca, no hacen nada, pero los que sí lo han hecho alguna vez, sin decir nada, cogen un caramelo o dan un pellizco al bizcocho o lo que hayamos colocado en el centro del grupo. Así hasta que se acabe el material.
Variante: Si queremos hacerlo más barato o no estamos preparados porque nos surge la idea de hacerlo en el curso de la clase o necesitamos urgentemente moverlos un poco, podemos sustituir la comida por el movimiento. Se despeja la clase o se busca un espacio despejado. Se colocan en una línea mirando todos al frente. Cuando alguien sí que ha hecho algo alguna vez, lo que tiene que hacer es dar un paso adelante. Y así, hasta que el primero llegue a la pared de enfrente. En esta variante, los “vividores” quedan más en evidencia, deberemos tenerlo en cuenta al elegirla, dependiendo del ambiente del grupo concreto.
Imaginemos un grupo de alumnos alérgicos a la celulosa.
O un grupo de alumnos analfabetos en su propia lengua.
O un lugar de trabajo en el que nos restringen hasta el ridículo el número de fotocopias.
Imaginemos que las circunstancias de trabajo nos obligan a buscar recursos alternativos al papel.
Poco a poco iríamos admitiendo que todo aquello de lo que vamos sirviéndonos resulta
sorprendentemente productivo en el aprendizaje.
No marginemos por tanto a los que no son alérgicos a la celulosa y tratémoslos como si lo fueran.
Saldremos ganando nosotros, los estudiantes y la Selva Amazónica.
O un grupo de alumnos analfabetos en su propia lengua.
O un lugar de trabajo en el que nos restringen hasta el ridículo el número de fotocopias.
Imaginemos que las circunstancias de trabajo nos obligan a buscar recursos alternativos al papel.
Poco a poco iríamos admitiendo que todo aquello de lo que vamos sirviéndonos resulta
sorprendentemente productivo en el aprendizaje.
No marginemos por tanto a los que no son alérgicos a la celulosa y tratémoslos como si lo fueran.
Saldremos ganando nosotros, los estudiantes y la Selva Amazónica.
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