Imaginemos un grupo de alumnos alérgicos a la celulosa.
O un grupo de alumnos analfabetos en su propia lengua.
O un lugar de trabajo en el que nos restringen hasta el ridículo el número de fotocopias.
Imaginemos que las circunstancias de trabajo nos obligan a buscar recursos alternativos al papel.
Poco a poco iríamos admitiendo que todo aquello de lo que vamos sirviéndonos resulta
sorprendentemente productivo en el aprendizaje.
No marginemos por tanto a los que no son alérgicos a la celulosa y tratémoslos como si lo fueran.
Saldremos ganando nosotros, los estudiantes y la Selva Amazónica.

Bingo, quién es quién...

Estos juegos, como tantos otros, no necesitan ninguna modificación para llevarlos al aula. Eso sí, recordemos siempre que si un juego supone que haya algún tipo de premio para el ganador, hemos de llevar algo al aula, por pequeño que sea, que cumpla esa función.

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